RABORÁ (Homenaje a los poetas malditos) por Lilia Morales y Mori Este poema fue escenificado en el MUSEO UNIVERSITARIO DEL CHOPO de la ciudad de México y en la casa de cultura SINAC. I Como divino céfiro circunscribe al cosmos un espíritu insigne cuya fúlgida luz concéntrica y lenta pulsación de onda adormece al arcano sueño de eternas orgías vindicadoras. Más Raborá no pende de un sólo momento luminoso nace cuando nacen los espejos sobre las aguas tranquilas al morir las tempestades y ausentes los vientos justo cuando emergen voluptuosos los astros arrojados de un frágil universo carente de memoria pleno de reticencias al influjo de las aguas tibias dispuestas a calmar la sed eterna. Ahora sé que Raborá habita los abismos siderales incitando las tormentas eléctricas que estremecen el plácido canto más allá del vértigo de la materia pálida y desnuda como esferas danzarinas dispersas sobre lodo ancestral. II ¡Oh hexagrama! preciso eclipse sobre la extraña superficie lacustre en el preludio del breve renacer con sorda magia ondulante de líneas paralelas y cadencia que embruja el flamante despertar de los poetas. ¿Sabes acaso de otros paisajes menos sombríos? ¿tal vez alguna canción que palidece acechando con grave melodía en el umbral de la conciencia sutil cabellera indolente del glauco rostro de la sinrazón? Mira cómo duermen los recuerdos coagulados en el ámbar de antaño entre los brazos del verso por donde escala la vida enigma y principio cual denso muro recinto de osamentas acribilladas de pájaros que se agitan en la naturaleza con símbolos inconmovibles. Y cuando el viento y la gaviota se forjaron y la torre y el campanario y las tinieblas y el incienso y la cúspide y los aliados de la Ceremonia del Rito Universal se presagiaron secretos diabólicos para complacer a las almas poseedoras de mentes agudas. III En el crepúsculo de esta galería antigua y espaciosa el silencio se cubre de bruma cuando se anudan los ecos hasta volverse badajo y campana. Tocan las sombras que incendian la noche con su presencia de espía en el instante de la premonición etérea nave cuando copula el sueño con su túnica de hojas. Nadie habitó dos veces la misma escollera del barco que zozobra sepultado en el lóbrego mar del hastío. Ya nada es tangible en la esencia del tiempo porque somos testigos de la forma y la sustancia modelada con paciente creación inconclusa como austera casa que enciende los ojos de luciérnaga encabritada al precipicio de la nostalgia. Sólo el llanto de la sirena aguarda en el sarcófago lujurioso de la serpiente que alucina entre la sábana tibia y la espuma y el mar frenético como espectro furtivo ¡oh espíritu! vacío de la tumba estéril. Dócil cual gacela te devuelvo el tiempo porque antaño también navegaron simétricas figuras asexuadas de un enjambre de ángeles extraviados en delirios amorosos envueltos con vapores amargos cuyo sol paliatorio es la ofrenda cautelosa y la ira temeraria de la muerte. Hay un lenguaje en la boca como rumor de aves mirando el amanecer y heme aquí junto a este barro de forma interminable donde la agonía esculpe la imagen inversa del espejo en el caleidoscopio multicolor de una Torre de Babel mientras un simulacro de mariposas con alas de fuego purifican el camino del sol. Danza la telaraña sobre la suave espuma y es su blancura tan tersa que la luna líquida perla inmaculada al humedecer la transparencia del cristal se desliza en súbita gota de agua. Inmensidad azul grave oquedad donde sacio mi sed cada mañana y es un timbal y tu mágica voz el tiempo suspendido en éste mi espacio inhabitado vacío de mi cuerpo ausente que atrapado en la malla blanca reposa junto al dintel mientras el Cuervo te habla. ¡Abre viento la ventana! que entre el sol con sus cintas de colores que no se atormente mi alma con frágiles tibiezas porque en este denso espacio donde suena el gong de China quiero eternizar mi cuerpo y suspender mi alma sobre el cristal de la perla inmaculada que se desliza en la negrura sedosa implacable de tus alas. IV Abre viento la ventana que aniquila el camino del verbo en fecunda reflexión de ecos sobre la cúpula del faro con pátina herrumbosa en perverso equilibrio donde instiga el azar la retórica y el reflejo de la opaca materia sembrada en el abandono del mar. Más allá de las pardas y grises palomas que disertan estéril movimiento y al viento tocan con su frágil cuerpo hendiendo el ala el pico y la cola. En vano se disputan candorosas difunta presa que su sed reclama y con ojo que avisora la distancia irrumpen al azar el vuelo. Aves de surcar ligero de sueños parásitos del aire ignoran que el cálido reposo se lo deben al color de su plumaje. V Y como toda imagen que se organiza secretamente en símbolos de un mundo exterior de formas y colores a lo lejos del sinuoso camino entre el sueño y la vida asoma un espejo divinamente inútil encarnizado en la búsqueda del reflejo relativo y absoluto finito e infinito entre el paisaje de un cuasicristal de una flor de una cascada efímera que rompe el caleidoscopio multicolor. Y esta muerte cósmica de imágenes que florecen en la conciencia bajo el signo de figuras abruptas transpuestas a nuestros ojos cuando renacen especulativos frente al universo perfecto palpamos la correspondencia que tienen los objetos del delirio atrapados en su propia existencia. Es como esbozar el sol con la elegancia de una función matemática cuya luz natural imprime la objetividad más honda del ser atrapado en el límite paradisíaco de los sentidos. Más que un acto compensador tal vez el espectro vital del drama de la creación cuyo deseo inconsciente de imitar la naturaleza fortifica el proceso de misteriosas correspondencias entre lo terreno y el paraíso de una actividad trascendente. El símbolo como juego de la imaginación desciende en el reflujo de mis sueños que la razón esclarece en el orden universal de una ilusión perfecta en imponderable provocación que anhela el equilibrio dinámico y extravagante en el mar acústico que se impacta con la frontera del silencio. VI ¡Ay! si esta soledad no fuera mía atormentado amor florecería altivo el espejo donde duerme la luz de tus ojos cuando mi boca ave que anida el calor de tus besos siembra indiferente algas marinas en el abismo trémulo y vacío de la piel. Crepita la mañana cuando el sol revienta en el tejado agua de mar salobre. Los nidos en la playa aguardan el verano de la parturienta sombría y lánguida afilada cuna sin caricia ni barcas. En soberbia sinfonía se desgarra la esfinge sádica y frondosa tras el mástil que bifurca con intervalo angular de péndulo amplio y virginal el latido pausado del pétreo mármol golpeteando el insomnio cruel de Raborá. VII Algunas cosas se ven con mayor claridad en noches de luna llena porque esa luz voluptuosa tiene la virtud de iluminar la porción exacta del pensamiento que materializa el recuerdo haciéndolo nítido y palpable. Tal es la ensoñación del poeta cuando convierte en sustancia los versos arrojados con febril erupción. Cúmulos de lava candente crecen como piedra petrificada en el rincón del armario en los frascos mohosos y en cada lugar preciso de las tinieblas donde sucumbió el deseo al abismo profundo e insalvable. No hay búsqueda infructuosa sólo una eterna espera pero al fin has visto florecer al amor como un puñado de pétalos suaves que deshojas tiernamente con la boca. ¡Cuán castrado es mi cuerpo! que vulnerable es la centella cuando pierde su luz espectral al romperse en mil pedazos los espejos. Ahora ya nada importa porque soy la sombra atrapada en el reflejo de tu dolorosa verdad y así como la antípoda se pierde en la distancia yo me desvanezco en el tiempo remoto de la memoria convertida en polvo que se hundió en el mar. VIII Navegan las olas en el oceano de recuerdos y yo me veo pez y coral y anémona temblorosa a veces lirio triste y sublime a veces espíritu de fuego en réplica perfecta a una razón superior acorde al movimiento de la luna que viaja con la noche como eterna compañera de luz incierta y breve canto luminoso. He visto vacilante tu claridad como cirio encendido en mi pupila solitaria con un brillo misterioso de azul y ambar rompiendo el viento en el fondo del mástil mutable de la lágrima. Quiero tocar las barcas que perfuman la noche e incendiar el instante mismo como sereno pájaro dormitando bajo la fronda rumorosa de la nube. Quiero olvidar que te he olvidado en el imponderable sueño que se extingue frágil cuando la marea se descubre vigilante. Quiero olvidar y en el tiempo tenaz del olvido tejer recuerdos inventados de un mundo parecido al mío cuyas formas y colores se deshacen en la palma de mi mano. Y si el olvido es la onda del espejo el viento agita su sombra como altivo reflejo de la criatura humana ahí, donde las sábanas son colgadas de los versos cara al sol que se interna en el sarcófago lujurioso de la nube entre el hueco acerado de esta muerte silenciosa. Más si el olvido es la centella del cirio encendido en mi pecho que invoca al verano de la serpiente bajo la sombra desdeñosa de los almendros igual se esclarece el reflejo del espejo mirando el amanecer de esta muerte silenciosa. Lo sé porque yo he visto tu vacilante claridad en las tinieblas de la Torre de Babel con fuego que purifica el umbral de la memoria desnuda como espectro furtivo cuyo glauco rostro copula en el sueño abandonado al arbitrio de tu piel. Más ¿quien puede olvidar? si el olvido es la incitación del alba sumergida en las tinieblas de una funesta encrucijada cuando inicia el día sobre el horizonte. Y hoy esta mañana tu recuerdo se diluye en la cinta gris del paisaje volátil de la nube. IX ¡Ah! cómo me devora este inmensurable espacio trazado con hábil pincelada tal vez de purísima acuarela embebida en agua de una gema turquesa cual límpida cosmogonía que se impregna sobre mi rostro y mi piel inflamándome con el cálido añil en solemne estado crepuscular cuando el mar se cristaliza. Nada se interpone entre la voluntad de la superficie acuática y el cielo porque ambas latitudes permanecen atrapadas entre el reflejo extravagante de sus espejos. Mas ¡qué ironía! de repente veo como un ave irrumpe con plácido vuelo el espacio celeste y mis ojos en afinada percepción veneran sus gráciles alas. Diestra se sabe la plumífera incauta y no cesa de admirarse en la bruñida superficie de este mar vítreo con que me deleito. Efectivamente grandiosa tal parece un narciso extasiado en sí mismo verdad consabida del hermoso que pretende en su diario afán refrescarse con agua proveniente de Leteo. Vana esperanza cuando el tiempo se acumula y todo languidece como la ninfa Eco. Es así que advierto la música del murmullo de las olas y pienso que tal vez la divinidad me cantase en este momento e inutilmente pretendo imitar la hipnótica melodía. Pero finalmente me río de mí porque bien sé que no puedo ser mar ni azul ni lamento de ola ni aunque me cubra el cuerpo de abalorios y madréporas ensartados con hilo verde-azul de las algas y medusas. X Y cuando ya nada tiene importancia guardo el ave del atardecer en la vieja maleta y me lleno la boca de plumas para que vuelen muy lejos las palabras. Mas el viento agita la sombra estéril de los versos deshojados en otoño y en ocre insomnio florece el áurea primigenia de mi alma. ¡Cuánto júbilo el verde desparrama! alegre terciopelo que acaricia altivo al divino céfiro. Desnuda el espejo el reflejo luminoso y primitivo que la opaca sombra ebria y silenciosa oprime en mi pecho la forja de hierro y el silencio tan quedo tan suave tan pájaro huraño en el que yo me veo. XI Inagotable es la muerte transmutación del sueño como aciago manantial que desfallece en el hueco acerado de la sombra inerme. Sólo el cuerpo semidesnudo consume la ceniza al borde del epitafio ¿acaso lo recuerdas? alguien vino a cambiar las flores por monótonos mares que se marchitan con el sol de oriente. Toda materia es precaria en la vigilia donde una vez iniciado el ascenso se torna en precipicio la trémula vida como el acto mismo que devora el pensamiento. Huérfanas las horas acarician la tarde que ciñe la ladera de la montaña y con encaje de aromas distantes reverdece el aposento agazapando las casas y la aldea y el hermano pueblo y el vientre del camposanto y la tierra de fuego. Esbelto caserío prisionero entre las sábanas colgadas de los almendros calcinando con sombra desdeñosa la apariencia de huesos el rumor de la piedra y la flor y el carmín que tiñen la fronda virgen. XII Profundas como el mar las ventanas del cielo anidan campanarios en las pupilas del claro paisaje ávido de azahares y amapolas que el follaje tabernáculo ofrenda a la piel de la quimera. Adverso y paradisíaco como desecado fruto el mundo alberga en su antiguo peregrinar un tornado de bárbaros mortales que nutren a rampantes dioses con bálsamo y tatuaje de precioso metal. ¡Ah! qué perversidad nos acuchilla cuando este infausto crisol socaba al planeta apacalíptico con infecta discordia que exhuma dolencias muertas. Inflexible círculo sempiterno contenido en el vacío de la dimensión umbría de arcángeles indómitos impalpables crisalidas talladas en roca de obsidiana para que el rayo idólatra desgaje el manto cruel de Raborá. XIII Mágica es la onda del espejo tan pronto expira el valle resurge la cresta con el día que paciente se interna al vaivén del tiempo árido y místico cuyo templo funerario exhala el perfume de las ninfas. Bien dicen que hay un no sé qué en el aire que ahoga quizá sea la brisa coagulada recordándonos algo monstruoso cuando aspiramos las formas atrapadas de figuras incongruentes. ¡Oh perezoso claustro! fortifica mi pobre existencia de asceta que roe su propia entraña. Yo que de la nada inventé un postigo para ver la piedra de Sísifo en la cima de la montaña advierto tan sólo el musgo del muro desdentado navegar en la vertiente de la aurora ¡Oh anatema mía infinita soledad del alma! Yo que de tu vago recuerdo hago un atado de alas luminosas para escapar del reino furtivo de la palabra como un ensueño meciéndose en la espiral pragmática de la muerte. Yo aprendiz de juglar frustrado anacoreta transporto el universo a mi aposento irreductible con la conciencia del heraldo incansable burlador nocturno. XIV Inminente se avecina el crepúsculo ahora navegamos sin rumbo fijo con las velas izadas viento en popa arrastrando el cuerpo lejana la sombra entre lamentos y gritos de lúcidos fantasmas cuyos ojos cadavéricos se abandonan al arbitrio de la criatura humana. Atrás van quedando los cementerios de muertos enterrados vivos bajo tierra salitrosa capaz de corroer hasta el último rayo de esperanza. Inútil maldecir Eolo hijo de Hipotes ha llegado con su banda de cornos y flautines augustos oboes de música sombría. Empieza a extinguirse el fuego crepitando con pálida luz mas el tímido calor resurge en el recuerdo violeta de la llama avivada con caústicas delicias ¡cómo debió Raborá advertirnos! nuestra es la naturaleza y nuestros son los frutos del Eden.
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